Palabras de nuestro Gran Canciller en la toma de posesión del 25 de mayo

MANTENER SU IDENTIDAD CATÓLICA Y RESPONDER A LAS NUEVAS REALIDADES DESAFIO DE LA USMA

Palabras del Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa, en la Universidad Santa María La Antigua, el 25 de mayo de 2010. 

La Universidad Católica se distingue por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. Su misión aparece cada vez más necesaria para el encuentro de la Iglesia con el desarrollo de las ciencias y con las culturas de nuestro tiempo.

En consecuencia, la acción de las universidades católicas debe orientarse por el sentido de su identidad y de su misión específica, impregnada por su confesionalidad. Nuestros criterios de referencia son singulares (no se encuentran en los estándares de la educación superior), por lo que debemos superar los criterios de eficiencia y comparabilidad como los ordenadores absolutos de nuestra acción. Podemos integrar un ranking, pero no podemos postergar nuestra misión. Nuestras referencias son singulares y tales deben ser también nuestros términos de comparación. 

Debemos recordar, sin temor, que “esa es nuestra identidad y esa debe siempre nuestra cédula de presentación en la sociedad”. Somos la primera universidad privada del Istmo, cuyo apellido es “católica” y eso nos convierte en pioneros en darle un giro a la enseñanza superior y en la formación de ciudadanos con altos niveles de profesionalidad, pero sobre todo con valores éticos y cristianos.  

Quiero ser enfático en señalar que la índole católica es un elemento constitutivo de la Universidad, en cuanto institución y no una mera decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto. Por eso, la labor pastoral en la Universidad Católica ha de ser objeto de particular atención en orden a fomentar el compromiso apostólico de los estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo universitario. (Ecclesia in America 71). No se trata únicamente  de transmitir ideas, meros conocimientos que quedan fuera del hombre, sino de formar la persona según el hombre nuevo, que es Jesucristo”. La misión propia de la universidad católica es la diakonía de la verdad. Significa colocar en el centro de la comunidad universitaria a la persona humana.

En los momentos actuales esto no es tan fácil. La cosmovisión moderna ha quedado prisionera del superficial, profesando agnosticismo sobre cuánto está más allá de lo fenoménico: es decir sobre todo lo que no es demostrable. Nos corresponde como Universidad Católica, en esta encrucijada de la historia, mostrar la salida de esta situación.

Algunos datos nos pueden colocar en donde está la universidad católica. La Educación superior en América Latina representa una matrícula aproximada de 15,5 millones de alumnos matriculados. (Proyección propia en base a datos del 2003).  Un 52 % correspondería a la educación de gestión pública y un 48 % a la de gestión privada.  La demanda de matrícula crece a una tasa superior a la de la población, lo que provoca una fuerte tensión entre las necesidades y las oportunidades educativas.

En la región existen 280 universidades de orientación religiosas, siendo el 77 % católicas, es decir 21627. Todos los credos avanzan en la nueva etapa de transnacionalidad de la educación tratando de captar a la juventud.

Recordemos que América Latina y el Caribe, la población católica representaba el 84 % sobre el total de la población, lo que es significativamente mayor que el promedio mundial del 17.3 %. (Anuario Estadístico de la Iglesia 2001). Además la región representa el 42 % de la población y de la matrícula católica mundial. (La población católica se estima en un mil cien millones y la matrícula universitaria en tres millones. Proyecciones al 2005.Ver fuentes.Word Christian Trenes (2001) World Christian Databas e:Center for the study global christianity (2003) The Catholic Hieracy(2002).

Cómo mantener el rumbo                                                                                                                                                                                                                                        

La influencia que tenemos como Iglesia en la formación de los nuevos profesionales y ciudadanos que respondan a los desafíos de una nueva sociedad, traspasada por los criterios del singlemarket o ideas benthamitas, nos exige cambios profundos en cuanto a la proyección que debemos tener frente a las realidades y problemáticas, desde nuestra identidad católica. Criticamos al sistema sin tomar plena conciencia que está formado mayoritariamente por católicos. La impresión es que actuamos repitiendo lo realizado por las instituciones estatales. Nuestro comportamiento es de réplica en lugar de ser un modelo auténtico ¿Qué es el hombre? ¿Cómo se piensa hoy él mismo? ¿Cuál  realidad le circunda y define su rumbo? Por ello, nuestro primer desafío es no perder el rumbo.

 La Constitución Apostólica “Excorde Ecclesiae” nos enseña que la Universidad Católica es el lugar donde los estudiosos examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica, contribuyendo así al enriquecimiento del saber humano con inspiración cristiana por parte, no sólo de cada miembro, sino de la Comunidad universitaria como tal. Por ello, el futuro de las Universidades Católicas depende, en gran parte, del competente y generoso empeño de los laicos católicos. La  Iglesia ve su creciente presencia en estas instituciones con gran esperanza y como una confirmación de la insustituible vocación del laicado en la Iglesia y en el mundo, con la confianza de que ellos, en el ejercicio de su propia misión, «iluminen y ordenen las realidades temporales, de modo que sin cesar se desarrollen y progresen y sean para gloria del Creador y del Redentor» (Grocholewsky Zenon. Card. Universidad Católica: Sé lo que debes ser. Educa.Bs As. 2005).

Los estudiantes deben adquirir una educación que armonice la riqueza del desarrollo humanístico y cultural con la formación profesional especializada. Dicho desarrollo debe ser tal que se sientan animados a continuar la búsqueda de la verdad y de su significado durante toda la vida. (Ecclesia in America 71). Deben ser conscientes de la seriedad de su deber y sentir la alegría de poder ser el día de mañana «líderes» calificados y testigos de Cristo en los lugares en los que deberán desarrollar su labor.

 Nuestros graduados son el reflejo de nuestros alumnos. Nuestros alumnos son nuestros futuros graduados. La educación permanente como instrumento de integración comunitaria e intergeneracional.

 Mediante programas de educación permanente de adultos, permitiendo a los docentes estar disponibles para servicios de asesoría, sirviéndose de los modernos medios de comunicación y en varios otros modos, la Universidad Católica puede hacer que el

creciente acervo de conocimientos humanos y una comprensión siempre mejor de la fe puedan ponerse a disposición de un público más amplio, extendiendo así los servicios de la Universidad más allá de los límites propiamente académicos.

 Cómo podemos observar la misma Constitución nos formula nuevos desafíos e instrumentos. Sin duda que la educación permanente aparece como un instrumento extraordinario para que los miembros de la institución universitaria puedan integrarse en un doble camino: el comunitario con diferentes funciones y el de las generaciones con diferentes responsabilidades.

 Un llamado a los docentes universitarios

Permítanme dirigirme al profesor universitario, usted está llamado a desempeñar el papel de Eneas frente a sus alumnos. Por una parte, lleva consigo todo el bagaje intelectual y existencial de las generaciones precedentes, y por ello puede convertirse en un punto de referencia seguro. Al mismo tempo conduce de la mano a las nuevas generaciones hacia regiones que el mismo ignora…”

 Los docentes universitarios esfuércense por mejorar cada vez más su propia competencia y por encuadrar el contenido, los objetivos, los métodos y los resultados de la investigación de cada una de las disciplinas en el contexto de una coherente visión del mundo.  Pero de manera específica, además de esto, los docentes cristianos están llamados a ser testigos y educadores de una auténtica vida cristiana, que manifieste la lograda integración entre fe y cultura, entre competencia profesional y sabiduría cristiana.”(EE)

 Renovar la evangelización en nuestra universidad católica

Sin duda estamos ante una realidad diferente en el área de la educación superior. A la gestión pública y privada nacional se adiciona la internacional. La educación virtual tiene una tasa de crecimiento mayor a la presencial. Se multiplican las universidades. Se incrementa la competencia y las agencias de regulaciones, evaluaciones y acreditaciones.  “Toda Universidad Católica presta una importante ayuda a la Iglesia en su misión evangelizadora” (EE).

Las instituciones católicas debemos asumir el desafío particular de volver a considerar al hombre completo, superar la alineación y despersonalización, entender a la persona más allá del consumidor, facilitar el desarrollo de todas las facultades humanas y no sólo la preparación técnica de los “clientes” a los que debemos satisfacer. No convertirnos en instrumentos de estandarización, sino promover el profesionalismo bajo la ética social católica.

Es también importante comprender que la identidad católica implica, además, límites morales a la aplicación de las ciencias, como nos recordaba el Santo Padre: “Haced que las universidades se transformen en laboratorios culturales, considerando la norma moral como exigencia intrínseca de la investigación y condición de su pleno valor en el acercamiento de la verdad”. (Su Santidad Juan Pablo II. Discurso a los profesores universitarios – Jubileo 2000. 9 de septiembre de 2000.).

Nuestra identidad católica en una universidad católica no sólo debe serlo sino parecerlo, porque el mundo de hoy está urgido de testigos de la fe que demuestren con sus acciones la misericordia y el amor de Dios, que da la esperanza que “otro mundo” es posible, donde todos tengamos el acceso y la participación necesaria, con una opción preferencial y no exclusiva por los pobres, para un desarrollo integral, humano y sostenible.